¿Para qué sirve lo que me atrae?

Me atraen las cosas sin finalidad aparente. Soy algo adicto a las compras, mis tiempos libres viven en Marketplace, y durante mucho tiempo pensé que eso era todo: un vicio sin propósito. Hace poco entré a una casa y encontré algo nuevo.

Lo mejor de comprar ahí no es la compra. Es la visita. Voy a la casa de quien vende, miro su espacio, saco conclusiones sobre quién es, y la charla me las confirma o me las desarma.
Maricel vende el ochenta por ciento de lo que tiene. Se muda a una ciudad más grande, donde quiere pasar sus últimos años. Fui a comprar ropa y entré, sin saberlo, a un museo que está por cerrar. Cada prenda tenía su historia, tonta o seria: dónde la compró, para qué evento, en qué ciudad. La piel cambia; la ropa conserva el pliegue de un codo.
Walter Benjamin decía, en Desembalo mi biblioteca (1931), que para el coleccionista el pasado de una cosa (su época, su lugar, sus dueños anteriores) es una enciclopedia mágica cuya esencia es su destino.
Hablamos dos horas. En algún momento dejé de ser cliente. Le conté quién soy, a quién amo, lo que en mi casa todavía no tiene lugar. En la suya, tuvo lugar. Georg Simmel observó en 1908 que al extranjero, cerca y ajeno a la vez, se le confía lo que se calla frente a los íntimos.
Un desconocido no me iba a juzgar. No me juzgó.
Me probé todo. Ella me acomodaba un cuello, me estiraba una manga, me decía que había nacido para usar eso. Sé que algo de eso es oficio de vendedora. También sé que un gesto puede ser comercial y verdadero a la vez. Una mujer con figura de madre me ayudaba con el outfit y yo lo permití.
Le dije lo que pienso sobre la ropa.
Me sanó.
Tardé un rato en entender de qué. Creí que me había sanado que no me juzgara. Hoy pienso que fue otra cosa: ella estaba soltando. Todo en esa casa estaba en tránsito, y lo que está en tránsito no exige ser definitivo, ni las cosas ni las personas. Dos mudanzas se cruzaron en un pasillo: la suya, de casa; la mía, de un yo.
Acá es donde está el propósito. Mi deseo, que siempre apuntó a las cosas, dobló hacia la gente que las suelta. Comprar mira hacia adelante: lo que voy a ser cuando lo tenga. Esto miraba hacia atrás, hacia lo que en un momento fue, y por eso llena. Lo que me atraía nunca fue la cosa sino la mano de la que venía.
Rilke dice, en la Novena elegía de Duino, que las cosas condenadas a pasar esperan algo de nosotros: que las guardemos adentro. Esto es lo que prometí sin saberlo cuando le dije a Maricel que parte de su historia iba a quedar en buenas manos. Escribo esto con su ropa puesta.
Sirve para esto, entonces, lo que me atrae: para llegar a las casas donde las cosas se despiden, escuchar lo que traen y encargarme de cuidarlo. Ella tiene oficio de vendedora; yo estoy descubriendo el mío. Voy a seguir comprando de más, pero ahora sé qué compro: una excusa para entrar, dos horas de charla y una historia que no es mía.
Le prometí a Maricel que iba a fotografiar las texturas de su ropa y a hablar bien de ella. Empiezo acá.
Maricel: Gracias por abrirme tu casa. Tenés un gusto re loco, te lo dije mil veces. La ropa ya es mía; la historia sigue siendo tuya, y yo la voy a cuidar.
